Crecí en una familia de mamá y papá. Ellos hicieron todo por mí, dieron lo mejor de sí para que yo fuera una niña feliz, solidaria, amorosa y empática. Me enseñaron a querer a las personas por lo que tienen en su interior, a mirar sin etiquetas, sin discriminar. Yo no era religiosa, pero ellos estuvieron integrados en grupos de iglesia y respetaron mi decisión de mantenerme al margen de los ritos religiosos. Sin embargo, la lección más importante que Jesús pudo dejar en el mundo me la enseñaron de manera incansable: el amor es el mandato más importante en nuestro actuar, consigo mismos y con las y los demás.

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También tengo un primo gay. En mi casa le dimos la bienvenida como a cualquier otro. Su meticulosidad para la vida, para cocinar, para decorar, para vestir lo distingue. Es divertido, ácido, cínico y lleno de buenas historias. Lo amamos siempre. Nunca se le discriminó y en la mesa de mi casa siempre había una taza de café para él. Esto no nos hace héroes, nos hace seres humanos. Pues entendemos que lo importa es su esencia y que tiene un gran aporte que dar al mundo.

También recuerdo que algunos primos y amigos solo tenían mamá o abuelita, tía o tío inclusive hermanos mayores. Ellos son familia y familias que se aman con locura, con problemas y alegrías como todos nosotros. Familias que día a día emprenden la vida desde su fuerza diaria con sus limitaciones o fortalezas para dar lo mejor sí en el mundo, porque lo que los une no es su cercanía sanguínea, sino el amor.

Me tocó ser la familia de un señor muy dulce estadounidense por un tiempo por su situación. Éramos como padre e hija. Don Robert sufría de demencia senil y yo fui su cuidadora por unos meses. Me confundía con su hija o sobrina, dependía del día y cómo amaneciera. Lo cuidaba con esmero, cuidado y amor, aunque él –a veces- no supiera quién era yo. Lo importante era que él se sintiera amado y que a pesar de que muchas veces el tuviera miedo por su misma enfermedad, mi labor era hacerlo sentir en casa. Un día salí a traer donas y café y él salió, cuando llegué y no estaba casi pierdo la razón pues sentí que había perdido a mi papá o mi abuelito. Fuimos y somos familia. Cuando puedo voy a visitarlo a Connecticut y la última vez que lo vi, me reconoció y fue como si el tiempo no hubiera pasado: somos familias y en las familias el amor sobrevive a los años.

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Cuando fui a vivir a San Antonio, Texas, tuve la dicha de que me recibiera una familia compuesta por dos mujeres que se amaban y decidieron casarse: Sheila y Pat. Fueron las mamás más excepcionales del mundo después de mi mamá. Estuve enferma en algunas ocasiones y como si me hubieran parido cuidaron de mi con sopas, medicamento y mucho amor. Escucharon mis historias de amor y desamor de mis citas con “gringos” y se emocionaban conmigo por una cita. Me compraban mi helado favorito cada vez que iban al super y hasta inventaron un roadtrip en una casa rodante porque yo había dicho que ese era uno de mis sueños.  Son mis mamás, aún las llamo de esa manera. No nos unía la sangre, ni siquiera nuestra nacionalidad, nos unía el amor.

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Empecé a producir teatro hace dos años, cuando tuve la dicha de que me llamaran como productora general de West Side Story. Ahí conocí a Miguel, quien al día de hoy puedo llamar hermano. Nos conocimos hace relativamente poco, pero cuando nos encontramos supimos que seríamos nuestra familia elegida.  Planeamos vacaciones juntos, las fiestas de fin de año, nos acompañamos cuando nos necesitamos, estamos para el otro en momentos difíciles. Hacemos lo que las familias hacen amarse, ser amigos, ser solidarios uno con el otro, cocinar para el otro cuando estamos enfermos, nos vemos llorar, nos vemos histéricos y nos seguimos amando, porque eso hacen las familias. Miguel es mi familia de San José, es mi hermano y mi mejor amigo. No nos une más que la pasión por las artes y el amor que nos tenemos.

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La familia es algo tan relativo como cualquier cosa en este mundo, puede ser cualquier formación o composición posible. Es quienes decidamos ser familia. Porque la familia está en las buenas y en las malas, está para hacernos sentir felices y en casa. Lo que han tenido común todas estas familias de las que soy parte, además de la solidaridad, la entrega y la empatía, es el amor, porque el amor es la única respuesta posible a este mundo de odio en el que vivimos.

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Marysela Zamora | Dirección Ejecutiva Nosotras: Women Connecting
info@fabricadehistorias.com

 

 

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