por Natalia Díaz

I

Culpo a mi tatarabuela de nuestra pobreza. Nunca la conocí pero sé que se casó mal y despilfarró su herencia. Por un mal matrimonio, dos generaciones nunca terminaron la escuela. Casi dos generaciones. Ahí es donde entro yo.

Mi madre fue una madre soltera. Se casó con mi papá pero siempre fue madre soltera. Lo de los malos matrimonios terminó siendo, a largo plazo, una maldición de familia.

Casada pero sin herencia para educar a sus hijos, mi tatarabuela enseñó a mi bisabuela en casa. Aprendió a leer y a escribir.

El esposo de mi bisabuela fue un campesino borracho. En una casa de mínimos recursos, mi abuela fue educada en una escuela rural, en Tilarán de Guanacaste. Aprendió aritmética básica útil para comprar y vender y a escribir su nombre útil para firmar. La única carrera que pudo concretar fue en una casa de parientes lejanos, como empleada doméstica.

Por cuatro generaciones, la nuestra ha sido una familia de mujeres. Mi abuela dio a luz ocho niños, pero solo sobrevivieron mis dos tías y mi mamá. Mi mamá me dio a luz a mí y nunca tuvo otro hijo.

Yo, también, soy la hija de un mal matrimonio.

II

Mi infancia tiene dos partes. Hay un antes y un después del divorcio. Antes del divorcio, mi mamá trabajaba, de sol a sol, para dos personas.

Mi abuela enseñó a sus hijas a ser obedientes, bien portadas y sumisas. A falta de hijos varones, mi abuelo las enseñó a ser salvajes, toscas y respondonas.

Hay muchas cosas que mi abuela nos enseñó a todas las mujeres que, en su cabeza, no tienen nombre.

Nos motivó a ser inteligentes pero nunca nos dijo cómo. La inteligencia con la que nos bendice antes de colgar el teléfono tiene que ver con seguir las reglas: llevar “buenas” notas en el colegio, recibir aumentos de salario, no embarazarnos fuera del matrimonio, saber nuestro lugar en el espacio que ocupamos.

La menor de tres hijas, mi mamá, fue la primera persona en mi familia que buscó una educación universitaria. Es la única de esas hijas que terminó la secundaria.

Durante los años que mi mamá, y luego yo, vivimos en casa de mis abuelos, la biblioteca dejó de ser una única Biblia. Mi mamá aprendió, sola, a leer por placer.

Doy por un hecho que leer nos sacó de la pobreza. No necesariamente la económica; por leer, ninguna de las dos se ha hecho millonaria.

Pero, cuando mi mamá aprendió a leer, el lugar que ocupábamos cambió por completo.

III

Para salir de casa de mis abuelos, mis tías tuvieron que casarse. El matrimonio era, en esa época, la lotería de la independencia. No habían otras oportunidades en una casa cuyas paredes divisorias ni siquiera llegaban al techo.

Ser pobre da la oportunidad de entender la pobreza de otra manera. Mi familia nunca vivió en la miseria. Mis abuelos se acostumbraron a caminar descalzos —tan así, que mi abuelo solo usa zapatos para salir — pero siempre hubo arroz, frijoles, guarnición y ensalada en la mesa. Tenemos el don de la buena salud porque, gracias a los genes del abuelo, la mala hierba nunca muere.

Fui la primera persona de la familia que asistió a un colegio privado. Fue, como me dijo mi mamá muchísimas veces, un privilegio. Un privilegio que pagó con su trabajo, el trabajo que consiguió con el primer título universitario a crédito de la casa.

Mi mamá me enseñó a escribir mi nombre, a leer los rótulos del supermercado, a contar en un ábaco. Cuando tuve cuatro años, mi mamá compró la primera computadora de la familia. Cuando tuve seis años, mi mamá me compró la primera novela que leí sola. Cuando la terminé, seguí leyendo la pequeña biblioteca que fundó durante sus años universitarios.

Mi mamá fue la primera mujer con licencia de conducir, la primera que compró un lote y construyó una casa. Fue la primera que se divorció.

Mi abuela supo toda su vida que su lugar estaba en la cocina. Incluso, cuando mi abuelo se enfermó y tuvo que trabajar en un cafetal, extrañaba la cocina.

Nunca hubo ninguna determinación biológica para que las manos de mi abuela solo aprendieran a empuñar el mango de una escoba y calentar el comal. Mi abuela moldeó su cuerpo al trabajo doméstico.

Mi abuela enseñó a sus hijas el único mundo que conocía: la cocina —primero de leña, luego con electricidad—, la pila de lavar, el patio para sembrar las verduras y engordar los animales.

Mi mamá me enseñó a mí, su única hija, el mundo que ella descubrió: el placer de las novelas y poemarios, la recompensa del ejercicio intelectual, la independencia económica que es exclusiva de una buena educación.

A menudo le digo que su existencia, dentro de nuestra historia, es una anomalía. La mejor anomalía.

IV

Estoy orgullosa de ser la primera de mi familia que tiene el tiempo ocioso y el dinero para construir a la mujer que quiere llegar a ser.

Escogí escribir como una carrera porque aprendí a amar la literatura. Mi mamá me enseñó a escribir con amor, paciencia y entrega.

Sé que somos un ejemplo académico, casi cliché, de movilidad social. Nuestra historia familiar fue diseñada para que optáramos por trabajo rural, manual o doméstico. Ése era el lugar que debíamos ocupar.

A su ritmo, mis tías consiguieron carreras manuales con las que, también, impulsaron a sus hijos a rebelarse contra ese diseño darwiniano.

Mis primos y yo somos la primera generación cuyas madres pagaron nuestras profesiones universitarias. Algunos de nosotros recibimos becas. Casi todos logramos un trabajo de buen ingreso.

Mi abuela y sus hermanos cosecharon los frutos de un mal matrimonio que arrasó las oportunidades educativas de dos generaciones.

Yo tengo el privilegio de rehabilitar una familia abatida por la pobreza, la ignorancia y la timidez de su modestia.  Pero mi mamá lo hizo primero.

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